Cambiar la mirada, Ana María Llamazares

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Estar en crisis y sentir la necesidad de cambiar el modo de vida parecen ser el signo de nuestro tiempo. Nos encontramos con viejos conocidos que de pronto están «desconocidos», nos sorprendemos cuando alguien muy cercano que siempre parecía seguro de sí mismo nos confiesa que está completamente confundido, y también, nos extrañamos al mirarnos al espejo. Experiencias cotidianas, cada vez más frecuentes, que nos hablan de que algo pasa. Estamos envueltos en una crisis de amplio espectro que abarca desde la ecología planetaria hasta nuestros mundos interiores. Adentro y afuera todo parece trastocado, fuera de control. Nos sentimos abrumados por la magnitud y la velocidad de las transformaciones. Por momentos quisiéramos parar el mundo, o alejarnos de él; y sin embargo, no sólo no se puede, sino que vislumbramos que la única solución es seguir cambiando. Crisis y cambio aparecen así, indisolublemente asociados. La crisis es una señal del cambio. Algo ya viejo debe morir. Aunque se resista, debe dar lugar a lo nuevo, algo que viene clamando desde el fondo de nosotros mismos. Pero ¿de qué se trata? Y ¿por qué resulta tan difícil este tránsito?
Quisiera compartir aquí algo de mi experiencia personal, algunas líneas de búsqueda, que creo pueden servir para orientarnos entre tanta explosiva confusión. Hubo un libro que me ayudó a comprender, y que durante mucho tiempo fui leyendo y releyendo de a poco: se titula «El reencantamiento del mundo». Su autor es un historiador de la ciencia llamado Morris Berman, y en él desarrolla con una inusual mezcla de erudición y sentimiento la tesis de que hay algo en común que subyace a las múltiples manifestaciones de la crisis contemporánea. Algo que nos permite entender como partes de un mismo todo, fenómenos tan diversos como el colapso ecológico, la globalización, el creciente consumo de antidepresivos, la pérdida de las identidades culturales, el aumento de la pobreza, la compulsión consumista y el renacer de las búsquedas espirituales, entre muchos otros. Se refiere a una determinada concepción del mundo que se desarrolló en Occidente a partir de la revolución científica de los siglos XVI y XVII, y que con el correr de los siglos se transformó en la lógica estándar de la sociedad moderna, en el sentido común de cualquier habitante de este tiempo. Así, podríamos decir que ésta es una crisis de orden epistemológico, una crisis de «paradigmas» o modos perceptivos.
Lo que se quiebra en nuestro siglo es una determinada manera de pensar, de percibir y sentir el mundo, y consecuentemente, de estar y actuar en él; una concepción que ha perseguido de tal forma el dominio, el control y el «progreso» ilimitados, que finalmente ha logrado perderlos, junto con el sentido del equilibrio y, de esta manera, ha puesto en peligro al planeta entero. Según mi opinión, la fertilidad de esta tesis reside en que, más allá de su consistencia histórica, permite reflexionar sobre lo que nos pasa y esbozar caminos posibles. Nos lleva a buscar las razones dentro de nosotros mismos. Nos permite reconocer que hay una relación muy estrecha entre nuestro enfoque y cómo resultan ser las cosas en el mundo. Y así, nos sugiere una clave para que éste pueda cambiar: Cambiar nuestra mirada.
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Podríamos decir que un efecto óptico muy profundo del viejo paradigma ha sido enfocar nuestra mirada en una mínima franja de la realidad -la material-, desenfocando o ensombreciendo todos los planos que trascienden ese recorte, convenciéndonos además de que no hay más mundos que éste, o en su defecto, que todos los demás están equivocados y llenos de peligros y, por tanto, no merecen ser transitados. Llega entonces el momento de quitarse las anteojeras, el velo de la ilusión realista. La mirada descubre sus propios límites y busca transgredirlos, estalla en todas las direcciones, se aventura por los caminos de lo desconocido y lo diferente: se amplifica. Aunque pueda sonar atractiva, esta travesía es sumamente difícil. Nadie nos ha enseñado a dejar gozosa y espontáneamente los lugares de seguridad. Parte del atado que debemos desarmar incluye la resistencia a cambiar y el miedo a lo desconocido. Nuestra cultura no ve al cambio como algo natural y positivo y, por tanto, no nos enseña ni nos impulsa a cambiar. Por el contrario, nos inculca las mil formas de obedecer, el valor de permanecer. El menor atisbo de cambio resulta ser algo inquietante, temido; por lo general, reprimido. Querer cambiar sigue siendo un desafío. Cambiar la visión, ampliar la conciencia, cultivar el arte de transitar entre los paradigmas sin apoltronarnos demasiado en ninguno, no perder la brújula, y seguir iluminando el mundo con nuestra propia mirada. Nada menos.
“Se vive un momento de discordancia, porque el mundo está cambiando rápidamente y ese cambio reclama nuevos modelos en todos los niveles, pero las instituciones no se adaptan al cambio con la rapidez necesaria. La realidad está marcando la necesidad de detenerse y reflexionar», reflexiona la antropóloga Ana María Llamazares, autora de “Del reloj a la flor de loto”, un estudio profundo sobre la crisis del mundo contemporáneo
El paradigma de la flor de loto: La crisis es el cambio del viejo paradigma de la modernidad, imaginado por Descartes y Newton como un gran mecanismo deshumanizado, materialista y muy preocupado por la ganancia y la explotación de recursos -el símbolo del reloj- para dar lugar a un nuevo paradigma, el de la flor de loto, más parecido a un organismo vivo y creativo que rescata la filosofía, la poesía y la complejidad de los seres humanos.
Crisis y cambio: «Pero después del primer impacto que produce el reconocimiento de una crisis, más allá del dolor y la confusión necesitamos entender qué significa estar en crisis y develar el sentido profundo de este trance. Pues estar en crisis no es el fin del mundo, aunque lo parezca; es simplemente el fin de un mundo y el comienzo de otro», aclara Llamazares.
(De artículo de Luis Aubele, La Nación, 22 de noviembre de 2011)
Ana María Llamazares
Lic. En Ciencias Antropológicas – Master en   Metodología de la Investigación – Investigadora del CONICET
Directora de la Fundación desde América
Desde hace 25 años está dedicada a la investigación, la docencia y la difusión, comprometida con la revalorización del patrimonio artístico y cultural de nuestras culturas originarias, y con la reflexión sobre la crisis contemporánea y el cambio de consciencia.
Es autora de numerosos artículos científicos, académicos y de divulgación.
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