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Contar y contar. Enrique Pinti

La imperiosa necesidad de contar lo más fielmente que nuestra memoria nos permita todo lo que nos pasó, todo lo que vimos, todo lo que gozamos y padecimos, es uno de los impulsos más vitales y generosos que los seres humanos podemos poseer.

Cuantos más años se cumple mayor es la urgencia por relatar nuestras experiencias. El mundo cambia mucho más rápidamente de lo que se puede creer. Las crisis, las guerras, revoluciones y catástrofes caen sobre nuestra realidad y la transforman de tal modo que, cuando nos queremos acordar, nos encontramos desplazados, obsoletos y superados. Para colmo de males nuestros contemporáneos van muriendo o deteriorándose mentalmente, y no tenemos con quién compartir dichas y pesares; hablamos de sucesos que nadie de nuestro entorno actual ha vivido y corremos el riesgo de ser tomados por locos, delirantes o reblandecidos. Por eso es necesario conectarse con los jóvenes, tratar de interpretar sus códigos y apetencias, no compararlas con las que nosotros teníamos a su edad y oírlos en su media lengua, que puede sonarnos como una jerigonza vacía y superficial, pero que en definitiva es lo que son o lo que la sociedad ha hecho de ellos. Nunca será en vano hablar, contar, aclarar cada uno desde su experiencia y manera de pensar, cómo vivió fenómenos sociales, crisis existenciales, políticas o económicas y, sobre todo, no embellecer el pasado maquillándolo con el agridulce recuerdo de nuestra lozanía juvenil.

No hay que dejar de resaltar que sacarse una muela en 1946 era mucho más complicado que en 2010; que la prevención de muchas enfermedades era paupérrima, si se la compara con la información que hoy puede obtenerse vía Internet o por todos los medios de comunicación que en este siglo se abren a la educación sanitaria. Esto es importante para que los que acceden a estas ventajas sepan y tomen conciencia que lo que tienen costó siglos de estudio y lucha para conseguirlo, y que otras generaciones no tuvieron esa suerte.

Al mismo tiempo hay que hacerles entender que el mundo existía antes de que ellos nacieran y que pasaron cosas importantes para bien o para mal. Este vejete abajo firmante tomó conciencia hace muchos años, cuando siendo un joven de 18 años, admirador del cine de la nueva ola francesa, del filosófico cine de Bergman, de los complicados vericuetos psicológicos del cine de Antonioni y de las películas independientes de la escuela de Nueva York, totalmente opuestas a la opulencia de producción del Hollywood de la época, vio Lo que el viento se llevó por primera vez en su vida. El film era de 1939. ¡Mi año de nacimiento! ¿Cómo se habían atrevido a realizar una película de esa calidad, moderna y clásica a la vez, con actuaciones medidas y sin gestos de cine mudo, antes de que yo, genio del futuro, hubiera nacido? El mundo existía, ¡y cómo!, antes de mi irrupción en él.

Entonces investigué, oí a los mayores, me enteré de muchas otras películas fundacionales del cine universal y, de paso cañazo, supe de las guerras, los horrores, las bellas épocas, las hiperinflaciones, las dictaduras, los sistemas autoritarios, las democracias, lo bueno, lo malo, lo horrendo y lo sublime. Hubo viejos que me contaron, cada uno con su nivel, sus ideas y sus experiencias, y, de un film a una sociedad, de una medicina a una aberración, la historia pasada narrada por sus protagonistas famosos y por los desconocidos y anónimos que también son importantes, desfiló ante mi juventud prepotente con aquella sabia advertencia: “Cuidá la flauta que la serenata es larga”.

Hoy, veterano a los 71 en minutos nomás, yo he recogido la antorcha de las olimpíadas históricas y soy el narrador de historias. Y me encanta serlo, con todas las limitaciones que uno pueda tener. Me gusta contar lo que no debería olvidarse, nombrar a los que no se nombran con la frecuencia debida, tratar de explicar algunos de los motivos para tanta violencia y tanta grandeza, tanto amor y tanto odio. El mundo cambia y, aunque lo básico sigue siendo igual, la manera de llegar a las metas es diferente y se transforma día a día y minuto a minuto. No contar lo que uno sabe puede ser pecado de negligencia. Y es un pecado mortal.

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